De joven fue, como en toda su trayectoria, un mediocre ciclista. No resultó ganador en ninguna carrera, ni etapa, ni en ningún tipo de evento infanto-juvenil. Pero le gustaba la bicicleta. De niño era su excusa para irse fuera de casa, por los caminos agrícolas de su pueblo, recorriendo los estrechos valles de la alcarria. Sabía dónde había moras o las mejores cerezas de los páramos de la Alcarria, especialmente aquellas a las que había que llegar entre un vericueto de pistas y sendas, escondidas entre las encinas.
También la utilizó para ir de monaguillo a otros pueblos. D. Odiseo tuvo un pasado muy beato, y en su fe de niño llegó a creer en vírgenes y santos. Acudía a procesiones y consagraciones con máxima reverencia y hacía alarde de una fe, de las que mueve montañas, aunque al final lo que realmente hizo fue fortalecer sus piernas.
Un viernes santo de cuando despuntaba la adolescencia recorrió siete pueblos de la zona para "visitar el monumento", un altar en las iglesias donde se adornaba la santa custodia, en recuerdo a la oración del nazareno en el monte de los olivos. La gesta fue sonada por los gritos de su madre que le vio llegar a casa de madrugada, de noche cerrada, y sin luz en la bicicleta, parece que la luna llena le sirvió para recorrer aquellos olivares y barbechos que esperaban la primavera. Aunque Don Olegario el cura vio en aquella gesta la prueba definitiva para recomendarle ir al seminario. Alguna gesta si que le fue reconocida.
De joven, la utilizaba para ir a las fiestas de otros pueblos a correr y apedrear becerros, también a lanzar la caña de pescar
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