D. Odiseo era un sesentón echado a menos, que había pasado sus años en aulas cada vez más alborotadas y en las que la burocracia iba mancillando todos sus sueños. Tanto papel y tanto alumno maleducado fue arruinando su vocación.
Al final sus jornadas pasaban de pedir silencio a rellenar formularios para que los que no callaban en clase, ni hacían ni dejaban hacer, hicieran algo fuera de clase...de todo imposible..., pero D. Odiseo había aprendido que la administración siempre es soñadora.
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